Ayer seguí el recuento electoral con una satisfacción que, para mí, tiene menos que ver con los resultados concretos de las candidaturas que con el propio funcionamiento del proceso democrático. Me llamó la atención la tranquilidad con la que transcurrió la votación, sin incidentes relevantes entre los electores y, por lo que pude observar, sin que el sistema de urnas electrónicas se convirtiera en el centro de una impugnación significativa por parte de las distintas fuerzas políticas.
En tiempos de tanta desconfianza institucional, considero importante reconocer cuando una elección consigue desarrollarse dentro de cierta normalidad.
Precisamente por eso, la tranquilidad de la jornada electoral me llevó a una reflexión que va más allá de las urnas. Mi impresión es que Brasil atraviesa una transformación política y social más profunda de lo que sugieren las categorías tradicionales con las que seguimos leyendo las elecciones.
A mi juicio, la dificultad de la izquierda para comprender este nuevo escenario tiene dos causas principales. La primera está relacionada con el cambio del espacio en el que se disputa la política: comunicación digital, economía de la atención, afectos, identidades y narrativas. La segunda tiene que ver con el cambio de la propia sociedad brasileña: nuevas aspiraciones de movilidad social, otra relación de los jóvenes con la política, nuevas percepciones sobre seguridad, mérito, trabajo y futuro.
Estas dos transformaciones se alimentan mutuamente y, juntas, ayudan a explicar la dificultad actual de la izquierda.
La primera transformación ocurre en el escenario de la disputa. La política ya no circula únicamente por partidos, sindicatos, periódicos, televisión, universidades y actos públicos. Estos espacios siguen siendo importantes, pero comparten el terreno con redes sociales, plataformas digitales y comunidades virtuales que modifican la manera en que la información llega a las personas y adquiere significado.
Es aquí donde comienzo a pensar en lo que llamo cibermilitancia.
Tengo la impresión de que una parte de la izquierda brasileña todavía no ha comprendido completamente esta transformación. No hablo solamente de producir vídeos breves o mejorar la presencia en las redes. Hablo de comprender que información, entretenimiento, indignación, humor, miedo e identidad circulan juntos.
En una sociedad saturada de información, la atención se ha convertido en un recurso político. Una argumentación académicamente sofisticada puede circular mucho menos que una narrativa sencilla, emocional y fácil de compartir.
Esto no significa que la narrativa sencilla sea falsa ni que el argumento académico sea verdadero; significa que calidad intelectual y eficacia política pertenecen a dimensiones diferentes.
Aquí aparece una dimensión estratégica de la política que no siempre se aprende en los libros: percibir circunstancias, identificar sentimientos, comprender al adversario y transformar percepciones dispersas en una narrativa capaz de producir identificación.
Meishu-Sama utilizaba la expresión “inteligencia astuta” para referirse a una forma de inteligencia asociada a la astucia. La utilizo como provocación, no como concepto científico, porque me hace pensar que quizá la izquierda haya desarrollado mucho su capacidad de análisis académico, pero no siempre su capacidad para comprender la estrategia de la disputa política.
No estoy diciendo que la derecha sea intelectualmente superior. No lo creo. Digo algo diferente: una fuerza política puede tener argumentos sólidos y, aun así, perder la disputa por la interpretación de los acontecimientos.
Incluso sectores de la extrema izquierda, como el PCO, pueden percibir algunos mecanismos de la disputa con una claridad que incomoda a la izquierda institucional. No necesito compartir sus conclusiones para reconocer el valor provocador de algunas de sus lecturas. Comprender al adversario también forma parte de la política.
La consecuencia de esta primera transformación es que los afectos han dejado de ser secundarios. La izquierda moviliza esperanza, igualdad, solidaridad y reconocimiento; sectores conservadores movilizan seguridad, orden, pertenencia, tradición y mérito.
La derecha radical parece haber encontrado formas de convertir inseguridad, resentimiento y pérdida de estatus en lenguaje político.
Eso no significa que todos sus electores tengan la misma motivación. Uno puede votar por miedo a la violencia, otro por convicción religiosa, otro por preocupación económica y otro por rechazo a determinadas cuestiones culturales. Por eso me incomoda cualquier intento de explicar una elección mediante una sola categoría.
Y aquí aparece la segunda causa. No basta con decir que la política cambió sus herramientas de comunicación; también cambió la sociedad que recibe, interpreta y transforma esas comunicaciones.
Durante mucho tiempo, la izquierda interpretó la sociedad principalmente a partir de la posición económica. Esa perspectiva sigue siendo indispensable, pero ya no parece suficiente. Las personas no viven únicamente en la clase social que ocupan; también viven, en cierta medida, en la clase social que imaginan poder alcanzar.
Brasil posee una fuerte cultura de movilidad y aspiración social, y esto ayuda a explicar la fuerza del discurso del mérito. El joven que entra en la universidad gracias a una política pública puede considerar legítimamente que llegó hasta allí por su propio esfuerzo.
Su trayectoria, sin embargo, también pudo ser facilitada por una beca, por la expansión universitaria o por una política pública. No veo contradicción entre reconocer el mérito individual y reconocer las condiciones que hacen posible determinadas trayectorias.
El problema aparece cuando una explicación elimina completamente a la otra.
Pienso especialmente en jóvenes beneficiados por Prouni, Reuni u otras políticas de expansión de la educación superior que no necesariamente se reconocen políticamente en la izquierda. No considero que sea una anomalía.
Una política pública puede transformar una vida sin producir fidelidad ideológica. El elector no pertenece al partido que creó una política pública; puede reconocer el beneficio recibido y, aun así, construir su identidad política en otra dirección.
La misma lógica aparece en el discurso del emprendimiento. Quien experimenta movilidad social puede identificarse fuertemente con la idea de “salir adelante por el propio esfuerzo”, aunque su trayectoria también dependa de oportunidades, políticas públicas, relaciones familiares y condiciones económicas.
La seguridad pública introduce otra dimensión de este cambio social. Quien vive en un territorio marcado por la violencia no necesariamente quiere escuchar una larga discusión académica sobre criminología; muchas veces quiere simplemente regresar a casa.
Puedo comprender por qué propuestas de endurecimiento penal encuentran receptividad, sin por ello aceptarlas automáticamente. La reducción de la edad de responsabilidad penal, las modificaciones en la ejecución de las penas, el aumento del encarcelamiento y las propuestas de castración química deben ser examinados por su eficacia, compatibilidad constitucional y consecuencias sociales.
En el caso de la violencia sexual, me parece especialmente insuficiente reducir la violación a una especie de descontrol sexual, porque también intervienen poder, coerción, vulnerabilidad y desigualdad.
Es en este punto donde las dos causas vuelven a encontrarse. La transformación de la sociedad produce nuevas demandas, miedos y aspiraciones; la transformación de la comunicación determina cómo esas experiencias se convierten en relatos políticos.
Una persona preocupada por la violencia puede encontrar en una narrativa digital de mano dura una respuesta más inmediata que en un programa técnico. Un joven que se considera producto de su propio esfuerzo puede sentirse más interpelado por el lenguaje del mérito que por una explicación estructural de la desigualdad.
Quien teme perder estatus puede encontrar en una narrativa identitaria una explicación para una sensación antes difusa.
No significa que esas narrativas describan correctamente la realidad. Significa que consiguen organizar experiencias reales o percibidas en una interpretación política reconocible.
Por eso considero insuficiente atribuir el avance de la derecha radical solamente a la desinformación, al conservadurismo o a la manipulación de las redes. La izquierda también necesita preguntarse por qué personas que podrían encontrar puntos de contacto con sus políticas terminan construyendo su identidad política en otro campo.
Esta transformación interna se conecta finalmente con la geopolítica. Los minerales críticos, las tierras raras, el litio, el niobio y otros recursos están vinculados a tecnologías estratégicas, energía, industria, defensa y transición energética.
La Amazonia, las tierras indígenas y los recursos minerales estarán cada vez más insertados en disputas internacionales. No considero prudente convertir esto en una narrativa conspirativa ni tratarlo como un asunto puramente comercial.
Brasil tendrá que decidir qué lugar quiere ocupar en esas nuevas cadenas de poder y producción.
Por eso no consigo mirar una elección únicamente como una disputa entre vencedores y derrotados. La veo como una fotografía provisional de una sociedad en movimiento.
La tranquilidad del proceso electoral me satisface porque demuestra que todavía podemos tramitar los conflictos dentro de un marco institucional. Pero esa normalidad también permite mirar más allá de las urnas y preguntarnos qué sociedad está emergiendo detrás de los resultados.
Mi tesis, por tanto, no es simplemente que la izquierda necesita mejorar su comunicación. El problema es más profundo: la izquierda brasileña intenta interpretar una sociedad transformada mediante categorías políticas construidas para otra etapa histórica y, al mismo tiempo, intenta disputar esa sociedad en un espacio comunicativo cuyas reglas ya no domina.
El desafío es doble: comprender el nuevo espacio en el que se disputa el poder y comprender a los ciudadanos que ocupan ese espacio.
No veo como solución abandonar principios o copiar el lenguaje de los adversarios. La respuesta, a mi juicio, consiste en comprender profundamente el funcionamiento de la nueva disputa y aprender a comunicar valores democráticos dentro de esa realidad.
Eso exige entender cómo se forman comunidades políticas, cómo circulan emociones, cómo se construyen identidades y cómo experiencias individuales se convierten en narrativas colectivas
Palmarí H. de Lucena