La medida del mundo

La medida del mundo

Roberto Savio y la ética de la mirada global

¿Lejos de qué?

La pregunta fue formulada hace ya casi siete décadas por Zhou Enlai a un joven italiano que, durante una visita a China, comentó que aquel país le parecía extraordinariamente lejano. La respuesta nunca llegó. En su lugar quedó ese silencio que acompaña a las preguntas destinadas a perdurar toda una vida.

¿Lejos de qué?

¿De Europa? ¿De Occidente? ¿De una determinada tradición política? ¿O tan solo del lugar desde el cual miraba quien hacía la observación?

Hay frases cuya aparente sencillez basta para reordenar una existencia. Roberto Savio solía reconocer en aquel breve diálogo el instante en que comprendió que ninguna visión del mundo es inocente. Toda geografía encierra una jerarquía. Todo mapa revela tanto como oculta. Y toda narración que aspira a hablar en nombre del mundo nace, inevitablemente, desde algún punto de la tierra.

El resto de su vida puede leerse como el esfuerzo perseverante por responder a aquella pregunta.

Es frecuente presentar a Roberto Savio como fundador de Inter Press Service, consultor de las Naciones Unidas, defensor de la libertad de información o precursor de la idea de un Sur Global capaz de hablar con voz propia. Todo ello es cierto. Pero ninguna de esas definiciones alcanza el núcleo de su legado. Describen funciones; no explican el principio que las articula.

Ese principio era sencillo y, al mismo tiempo, profundamente revolucionario: el mundo no podía seguir siendo contado siempre por los mismos observadores.

Cuando Roberto fundó Inter Press Service, en 1964, el problema no era únicamente periodístico. Era, ante todo, político. Las noticias recorrían prácticamente los mismos itinerarios que el poder. Los países de Asia, África y América Latina aparecían en las páginas internacionales casi siempre como escenarios de guerras, golpes de Estado, crisis o catástrofes. Rara vez surgían como protagonistas de su propia historia.

La IPS nació para alterar esa perspectiva.

Vista desde el presente, cuando cualquiera puede difundir información de manera instantánea, aquella iniciativa podría parecer apenas una innovación editorial. En su tiempo representó algo mucho más profundo: ampliar el derecho de narrar el mundo. Roberto comprendió, antes que muchos otros, que la concentración de la información producía también una concentración de la imaginación política. Los pueblos privados de una voz pública terminan, tarde o temprano, privados asimismo de la capacidad de influir sobre su propio destino.

Fue esa misma convicción la que lo llevó a transitar por gobiernos, organismos multilaterales, conferencias internacionales y movimientos intelectuales sin dejarse aprisionar jamás por ninguna ortodoxia. Se acercaba a las instituciones sin convertirse en un hombre de institución. Dialogaba con el poder sin sucumbir a su seducción. Le interesaban menos los gobiernos que las personas cuya existencia permanecía invisible para las decisiones de los gobiernos.

Quizá por ello Roberto nunca transmitió la impresión de ser un hombre en busca de protagonismo. Más bien lo contrario. En una época que convirtió la visibilidad en sinónimo de importancia, parecía desconfiar de la exposición pública. Prefería levantar plataformas, redes e instituciones destinadas a sobrevivir a quienes las habían fundado. Había en ello una rara conjunción de ambición histórica y modestia personal.

Fue precisamente esa cualidad la que primero llamó mi atención.

Nuestra amistad nunca nació de afinidades superficiales ni de la frecuencia de nuestros encuentros. Se fue forjando en la conversación. Roberto poseía una manera muy singular de pensar: rara vez respondía de forma directa a la pregunta que se le formulaba. Antes que responder, desplazaba el eje de la reflexión. Cuando todos discutían los acontecimientos, él buscaba las estructuras que los hacían posibles. Cuando el debate giraba en torno a una crisis, preguntaba qué transformación silenciosa revelaba esa crisis. Al término de cada conversación, uno advertía que el asunto inicial no había sido más que un umbral hacia algo infinitamente más vasto.

Era una forma de pensar que exigía paciencia: una virtud cada vez más infrecuente.

En los últimos años, cuando el mundo comenzó a debatir sobre la inteligencia artificial, Roberto participó también en esa conversación. Pero, como ocurría siempre, su interés se encontraba algunos pasos más allá de la novedad tecnológica. Mientras la mayoría se preguntaba qué serían capaces de hacer las máquinas, él se preguntaba qué clase de sociedad decidiría cómo debían actuar. Nunca se dejó fascinar por las herramientas. Lo que realmente le preocupaba era la cultura que habría de sobrevivirlas.

Esa coherencia quizá explique por qué personas tan distintas evocan al mismo hombre de maneras igualmente verdaderas. Para unos fue periodista. Para otros, diplomático. Hay quienes recuerdan al consejero internacional, al defensor de la paz, al intelectual o al artífice de diálogos improbables. Cada uno conoció una faceta de Roberto. Ninguno conoció a un personaje diferente.

Hoy, cuando el orden internacional parece fragmentarse una vez más; cuando la información circula a una velocidad desconocida hasta hace poco y, sin embargo, la comprensión parece cada vez más escasa, sus inquietudes adquieren una vigencia inesperada. Roberto nunca creyó que la información, por sí sola, produjera entendimiento. Hacía falta contexto. Hacía falta memoria. Hacía falta reconocer que ninguna sociedad puede comprenderse verdaderamente a sí misma mientras escuche únicamente el eco de su propia voz.

Tal vez ese haya sido el sentido más profundo de su vida pública.

No elaborar una teoría acerca del mundo.

Sino ensanchar el horizonte desde el cual quienes lo habitan son capaces de contemplarlo.

Al volver la mirada sobre nuestra amistad, comprendo que siempre estuvo menos ligada a los recuerdos que a una manera compartida de contemplar la realidad. Hay personas que enriquecen nuestras opiniones. Otras ensanchan nuestras preguntas. Roberto pertenece, sin lugar a dudas, a esta última categoría.

Vuelvo, entonces, a la pregunta que atraviesa todo este ensayo.

¿Lejos de qué?

Tal vez esa sea, después de todo, la verdadera medida del mundo.

No la distancia que separa a los países, las culturas o los continentes, sino la que media entre una mirada que se erige a sí misma en el centro de todas las cosas y otra capaz de reconocer que toda idea de humanidad depende, inevitablemente, de la perspectiva del otro.

Fue ese cambio de medida el que dio coherencia a la vida de Roberto Savio.

Y es precisamente en él donde, silenciosamente, reside su legado.

Palmarí H. de Lucena