Antigua amanece despacio,
como quien no quiere olvidar.
Las piedras guardan el eco
de pasos que no se han ido,
y en el aire —calladito—
respira el maíz.
Antes del incienso y la campana,
antes del santo y su anda pesada,
hubo manos en la tierra,
hubo semillas abiertas al sol.
Allí empezó la historia:
no en los altares,
sino en el surco.
Dicen los abuelos
que estamos hechos de milpa,
de lluvia temprana
y de paciencia.
Que uno nace como el grano:
se entierra, se rompe,
y vuelve a levantarse.
Por eso la procesión camina lento,
como si supiera.
Los hombros cargan más que madera,
cargan siglos.
Y entre rezos y humo,
algo antiguo pasa,
algo que no se deja borrar.
Los tapetes florecen en la calle
como jardines prestados:
colores que viven un rato
y luego se van con el viento.
Pero no se pierden —
se vuelven recuerdo,
se vuelven camino.
Porque aquí nada muere del todo.
La historia quiso callarnos,
quiso cubrir la raíz,
pero la raíz es terca.
Se queda abajo, esperando,
y un día —sin pedir permiso—
rompe la tierra otra vez.
Así somos.
Gente de maíz y de tiempo,
de sol en la espalda
y memoria en los pies.
Aunque nos entierren,
aunque nos nombren distinto,
siempre volvemos
a brotar.
Antigua lo sabe.
Por eso guarda silencio a ratos,
por eso deja que el pasado respire
debajo de cada paso.
Y cuando la procesión se acaba,
cuando el ruido se apaga
y la calle queda sola,
queda algo.
No se ve,
pero se siente:
una semilla.
Por Palmarí H. de Lucena