El Evangelio en las Fronteras: Una Meditación Cristiana sobre los Migrantes

El Evangelio en las Fronteras: Una Meditación Cristiana sobre los Migrantes

“Era extranjero, y me acogisteis.”
Ninguna frase del Evangelio resume con tanta claridad el núcleo de la fe cristiana: el amor no es un sentimiento, sino un acto de reconocimiento. En el rostro del migrante, el creyente descubre el mismo rostro de Cristo.

La Iglesia Católica, sacudida por pasiones políticas y polarizaciones ideológicas, está llamada a recordar lo esencial: la fe se mide por la valentía de abrir la puerta, no por la elocuencia de las palabras. Ante la tragedia de los migrantes — familias dispersas, niños sin patria, hombres y mujeres reducidos a cifras — el Evangelio no admite neutralidad. Callar es una forma de complicidad.

La reciente asamblea episcopal en Baltimore fue más que un encuentro administrativo: fue una llamada a la conciencia. Los obispos reconocieron que la frontera ha dejado de ser un límite geográfico para convertirse en una herida espiritual. Levantar un muro para detener a los pobres es también levantar un muro contra el Evangelio. El arzobispo Paul S. Coakley y el obispo Daniel E. Flores recordaron que la verdadera sabiduría cristiana une caridad y prudencia, sin confundir la fe con consignas ni el amor con sentimentalismo.

La Iglesia no niega la necesidad de leyes ni de seguridad, pero advierte: la ley sin misericordia es fría, y la seguridad sin compasión se convierte en idolatría del miedo. La hospitalidad que enseña Cristo no es ingenuidad; es lucidez espiritual. Quien acoge al extranjero acoge al mismo Dios.

Como escribió León XIV, “las fronteras del mundo son los límites del amor de Dios”. El cristianismo siempre ha sido puesto a prueba, no por la herejía de los libros, sino por la indiferencia de los corazones. El siglo XXI será recordado por sus avances tecnológicos y sus muros; pero la pregunta que la historia hará a la Iglesia será si supo ser refugio.

Las Escrituras están llenas de migraciones: Abraham, el peregrino; Moisés, el fugitivo; María y José, los exiliados; Pablo, el viajero. El propio Cristo no tuvo dónde reclinar la cabeza. El camino de la salvación siempre ha sido un camino de desplazamientos. Por eso, al mirar al migrante, el cristiano ve a un hermano en tránsito, portador de la misma dignidad divina.

Hoy, cuando el miedo se disfraza de prudencia y la indiferencia de razón de Estado, la Iglesia debe recordar que no hay evangelización sin empatía ni Eucaristía sin compartir. El altar y la frontera son dos lugares donde Cristo se revela: en el pan partido y en la vida rota de los que buscan refugio.

El cristianismo nació en los caminos, entre forasteros y soñadores. Su destino no es encerrarse, sino proteger. La fuerza de la Iglesia está en el gesto humilde de quien extiende la mano, no en el cálculo frío de quien mide fronteras.

Y cuando se nos pregunte qué hicimos con los que llamaron a nuestra puerta, no se nos pedirá la perfección de las doctrinas, sino la pureza del corazón. Entonces comprenderemos que todo extranjero es, en verdad, un mensajero de Dios, recordándonos que la verdadera patria no tiene fronteras: es el amor.

Por Palmarí H. de Lucena